No sé cómo llamar a este blog

El blog de alguien sin derecho a expresarse

Desplazamientos

Hoy he salido a las ocho y cinco de la mañana de casa. Y supongo que llegaré a eso de las nueve/nueve y cuarto.

Cansa. Estás en el metro y te preguntas “¿todavía quedan tantas paradas?”

Pues sí, quedan todas esas paradas. Para luego hacer un trasbordo, recorrer todavía más paradas y luego hacer otro. Encima, por la cosa de la temporalidad de los puestos, he tenido que cargar con el portátil también hoy.

Pero no es plan de venir en coche. Me iba a ahorrar poco, muy poco tiempo, iba a tener que pagar por aparcar y soportar, por el camino, el calvario del atasco, pan nuestro de cada día en esta la capital de España.

Echo de menos los tiempos de mi primer trabajo, en el que, alguna vez, aprovechando que teníamos dos excesivas horas para comer, me iba andando hasta casa y volvía de la misma manera.

Y pensar que, cuando cambié a este trabajo, hice una entrevista a diez minutos andando de mi casa… Intentaremos contentarnos pensando en que iba a tener que pasar mucho tiempo en oficinas de clientes.

Echo de menos mi primera asignación en esta empresa. Bueno, su ubicación: el trabajo era caótico y agotador, pero podía plantarme en media hora con el coche y en tres cuartos de hora andando. ¡Qué poco lo apreciaba yo por aquél entonces, desconocedor de las alternativas!

No todo es malo o, al menos, no todo es justificación para la queja. La jornada laboral de 42,5 horas que… padezco la mayor parte del año es compensación por los dolorosamente recientes dos meses y medio de jornada veraniega de 35 horas. ¿Compensa? Las cifras dicen que sí, el cómputo anual se aproxima lo suficiente a la jornada estándar de 40.

Sin embargo, Madrid cansa. Cansa tardar una hora en ir y otra hora en volver al y del trabajo. Hora de vuelta que se alarga en tanto y cuanto, debido a mi tratamiento, tengo que hacer un alto en el camino para mi sesión diaria, espero que no por mucho más tiempo, de suero.

Y el tratamiento va bien. Mi madre, mis compañeros, algunos amigos me dicen que me notan cambiado. Lo que yo noto, sobre todo, es que me cuesta mucho hacer algo que antes me resultaba muy fácil: regodearme en pensamientos negativos.

Aunque los pensamientos siguen ahí, mi vida no se ha vuelto de color de rosa de la noche a la mañana y hay fantasmas y traumas que aún me persiguen, pero ahora no pueden conmigo. Y el futuro no parece tan negro como parecía hace unos meses.

Es una lástima, porque este cambio de ubicación laboral es una nube que ha venido a ensombrecer lo que parecía un futuro de lo más esperanzador. Aquí me encuentro, haciendo lo mismo que antes, de momento, sólo que la mayor parte del equipo ya no está físicamente al lado, sino al otro lado del messenger, el correo y el teléfono.

Mañana tenemos que empezar con ese invento del Knowledge Transfer, lo que significará que la plataforma que administro, con sus imperfecciones, que son muchas, pasará a ser responsabilidad de un grupo mayor de personas. No es algo gratuito: tarde o temprano la “transferencia de conocimiento” de marras cambiará de sentido y pasaré a compartir la responsabilidad sobre otras máquinas que, espero, hayan montado con más excelencia de la que, confieso, mis compañeros y yo hemos aplicado sobre estas.

Lo que, a ratos, me causa cierta sensación de vértigo es el hecho de que este es un destino a largo plazo. Es el mismo vértigo que influyó, aunque no fuese con mucho la principal razón, en la marcha de la anterior empresa.

Me paro y pienso si esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida laboral, hasta que llegue la aún lejana jubilación. Si es que existe, esto es claramente un síntoma de la depresión de los treintaypocos, quizá aquella “Midlife Crysis” sobre la que cantaba Faith No More.

Lo peor es que no tengo respuesta. Realmente, no sé si esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida. Y, cada vez que pienso en ello, más amplio se vuelve “esto”. Empezó siendo “venir hasta esta oficina en las afueras a trabajar con este equipo” (pensamiento, quizá, demasiado precipitado ya que aún no hemos conocido a nuestros equipos) para volverse en “trabajar en esta empresa”, “trabajar en informática en Madrid” y terminará por convertirse en “trabajar” antes de que me de cuenta.

Me queda el poco original sueño de convertirme en literato.

Es un pensamiento poco constructivo que, me temo, va a tener un impacto negativo en mi terapia. Y eso es algo que no me gusta nada: bastante tiempo y dinero llevo gastado ya para que un cambio relativamente sutil de mis circunstancias laborales lo dificulte.

Influye que los amigos que se habían convertido en mi principal entorno social fuera del trabajo y de mi casa hayan decidido volverse a la Tierruca. Es algo que me ha hecho darme cuenta aún más de lo precario de mi red social en Madrid. Me quedo con prácticamente un único teléfono al que llamar, con la consciencia de que, al otro lado, hay una persona que ya ha tenido mucha paciencia conmigo y tiene una vida social más que aceptable sin mi ayuda. Teléfono al que, metaforicamente, llamé la semana pasada para ir al cine, abortando después yo mi propia propuesta por circunstancias ajenas a mi control.

En fin. Creo que necesito un café y un cigarrillo. Y algo que hacer que no sea esa tarea que tanto odiamos y postergamos los informáticos: documentar.

Archivado bajo:Uncategorized

One Response

  1. Patata dice:

    Los pensamientos negativos nunca desaparecen(en nadie),entiendo que lo importante es que no te dominen. Roma no se construyó en un día, puede sonar una frase tópico, pero es así, si te dijera con cuanta gente me trato en BCN…
    Respecto al curro poco puedo decir, a mi también me asalta a veces la idea de “¿y siempre me voy a dedicar a hacer esto?”. Pero he llegado a la conclusión de que quizás un trabajo más desafiante no es lo adecuado, que quizás es más adecuado disponer de más tiempo libre para proyectos personales.

Leave a Reply