Hace cosa de un mes, un amigo que me tiene en muy alta estima me urgió a escribir más entradas en mi blog. Y tengo en la recámara varias cosas que me gustaría comentar aquí, algunas de ellas relacionadas con el hecho de que, hace siete días y medio, ha nacido mi primera sobrina.
Lamentablemente, ha sugido un tema doloroso sobre el que necesito hablar ya.
El dinero y la depresión. O, mejor dicho, mi dinero y mi depresión.
Estoy en tratamiento. Psiquiátrico. Porque me siento mal.
Y es un tratamiento caro.
Pongamos las cosas en perspectiva. Llevo conviviendo con la depresión desde niño. Más concretamente, llevo conviviendo depresión desde que tengo uso de razón.
Hace año y medio, tras un duro varapalo sentimental, me hundí. Es lo que suele ocurrirme tras los varapalos sentimentales. Y, a decir verdad, es lo único que recibo de las mujeres.
Hace tiempo, mucho tiempo, escribí una canción. Es, por cierto, la canción que iba a proponer a alguien para musicar y llevar a buen término. La canción empezaba diciendo:
He tenido
tantos disgustos
que empiezo a rehuir las mujeres.
¡Qué poco sabía yo de lo que me quedaba por sufrir! Pero, al contrario de lo que pensaba hasta hace no tanto, mis problemas sentimentales no son causa sino consecuencia de mi depresión.
Y me estoy yendo por las ramas, que es algo que se me da muy bien.
Terapia. Dinero. Depresión.
Tengo un buen sueldo. Pese a que la subida de sueldo del año pasado, teniendo en cuenta que subí de categoría, podría calificarse de insultante, tengo un sueldo envidiable.
Pero también tengo gastos fijos. Demasiados.
Trabajar tres días de la semana a una hora en coche o metro y metro ligero de mi casa no ayuda. Pero, ciertamente, es el menor de mis problemas.
Hoy me siento hundido, agotado, atrapado sin salida en una terapia que es una sangría constante e intensa de dinero.
Hoy, una vez más, y hacía tiempo que no lo pensaba, me he arrepentido de no haberme tirado delante del metro aquella noche en Callao. (Sabía cuál iba a ser la consecuencia de mis acciones.)
He echado cuentas. Y las cuentas no salen.
Tomo pastillas. Muchas pastillas. Ahora mismo, en mi hoja de tratamiento se mencionan seis pastillas distintas y unas gotas. El tratamiento incluye también dos sesiones de suero a la semana, a 40€ la sesión. De las pastillas, hay una en particular de la que se supone que he de tomar dos al día. El bote de 30 de esas pastillas cuesta un poco más de 130€. Es fácil echar las cuentas: imaginando que todos los meses tuviesen cuatro semanas exactas que se tradujesen en 8 sesiones de suero, sólo con eso y las pastillas caras, mi terapia me costaría 580€ al mes. Eso no incluye inyecciones esporádicas de un antidepresivo adicional (12€) y el resto de las pastillas.
Tirando a la baja, son 600€ mensuales de terapia. Eso asumiendo que no tenga consulta con el jefe de la clínica (150€) o psicoterapia (otros 150€, bastante más productivos que los otros).
Para añadir sal a la herida, en la última consulta que tuve del primer tipo, se me dio a entender que debería hacerme a la idea de tomar pastillas el resto de mi vida.
Señores, ya pago algo más de 600€ de hipoteca. Eso suman, redondeando, 1300€ al mes de gastos fijos, sin contar electricidad, gas, agua, teléfono e Internet, transporte y alimentación.
¿Qué hago?
¿De dónde recorto gastos?
Porque mi madre me dice, y he de pensar que tiene razón, que no soy gastador.
Pero no me da. No lo he sabido hasta que, medio por casualidad, me he puesto a mirar la evolución reciente del saldo de mi cuenta bancaria. No es bonito de ver; económicamente voy cuesta abajo y sin frenos.
No puedo, no me puedo permitir el lujo de pagar mi terapia. Lamentablemente, estoy atrapado.
Dejar la terapia implicaría dejar de tomar las cantidades obscenas de medicación que estoy tomando y que me mantienen cuerdo dentro de lo posible que, al parecer, no es mucho.
Ya he separado una vez la punta de un cuchillo de mi vientre, reuniendo las fuerzas necesarias para no clavármelo y pedir ayuda. Si dejase las pastillas, dudo que pudiese repetir la hazaña.
Supongo que se acabaron los lujos. Empezaremos por evitar el uso de taxis o del coche. Adios a desallunar fuera de casa. Nada de Coca Cola de la máquina.
Nada de lujos. De lunes a viernes, dormir y trabajar. Reducir el costo y, por ende, la calidad de las comidas. Nada de salir los fines de semana. Deberé despedirme de mis planes a medio plazo de ir a un endocrino privado para adelgazar o de intentar arreglarme la boca.
Supongo que también se acabaron los viajes a Santander.
Adios, Ariadna. Tardaré en volverte a ver.
Archivado bajo:Mi salud, física y mental , Depresión, Dinero
No renuncies a tu sobrinita que te alegra el día.
Sinceramente, supongo que esté montado así, pero ¿así funciona el mundo?, ¿si ganaras menos y no pudieras permitírtelo te tendrías que joder?, no es muy justo que digamos