No sé cómo llamar a este blog

El blog de alguien sin derecho a expresarse

Carta a un amigo en apuros

Esta entrada no habla de mí, pero bien podría aplicárseme.

Déjalo. Ya.

Déjalo, insisto. Céntrate un poco y escúchame.

Te voy a dar una mala noticia: no puedo solucionar tu problema. Tampoco me lo has pedido, pero, por si acaso, te aviso que no puedo.

Tendrás que ser tú el que luche contra tu enemigo.

Pero ten algo claro sobre el enemigo al que debes enfrentarte. Porque tu enemigo no es el mundo, o ella o tus circunstancias.

Tú eres tu propio enemigo.

Te lo dice un experto en combatir contra sí mismo… y perder.

Tú eres tu peor enemigo. Y puedes ponerle música, letra, color y escenario, pero no dejará de ser verdad.

Mira, hay un dicho muy manido: todo es del color del cristal con que se mira. Y tu cristal, ahora mismo, está manchado del humo de la soledad y las salpicaduras del desamor.

¡Límpialo!

Joder, ya sé que cuesta. Mi cristal lleva tanto tiempo acumulando roña de todo tipo que tengo que usar un rascafríos para poder sacar algo de luz de él. Y, ¿sabes lo peor? Este cristal no se puede cambiar, tan sólo podemos limpiarlo.

Pero traigo buenas noticias: se puede limpiar. Y, debajo de la roña de la complacencia y las heces de la autocompasión, hay un cristal nítido y transparente, de una calidad exquisita.

La autocompasión y la complacencia son dos grandes aliadas de ese enemigo del que hablaba antes, ese enemigo que eres tú y nadie más que tú.

“¿Complacencia?”, me dirás, “¿de qué complacencia me hablas?” Pues de la tuya, que ha sido la mía tantas veces.

Hablemos claro. Sentirse mal es muy cómodo. Eres el protagonista de tu propia tragedia. “O vos omnes qui transitis per viam: attendite et videte si est dolor sicut dolor meus.“.

Has decidido dar el espectáculo de tu vida, tu gran interpretación del héroe clásico envuelto en una tragedia. Y sólo hay un público que te interese realmente: tú. Porque lo mismo que tú eres tu principal enemigo, eres también tu víctima favorita.

Y es que, a veces, el cristal no está suficientemente sucio: tenemos que poner algo feo al otro lado. Es terriblemente tentador, el feísmo en estado puro.

No te engañes, tú mismo lo dices cuando estás cuerdo: al mundo le importa una mierda cómo te sientes.

Bienvenido al club. Somos seis mil millones.

Mira, para que no te enfades, no te voy a decir lo que ya te habrá dicho más de uno. “Olvídala.” Y una mierda, como si se pudiera.

Dentro de unas décadas, cuando estés jugando con tus nietos, habrá un día que te acordarás de ella y una lagrimita te caerá por dentro. Porque eres humano y, como tal, tienes sentimientos. Déjala que corra, ya se irá.

Es así y así tiene que ser. Lo mismo que ahora conservas recuerdos, buenos y malos, de tu primera novia, también los conservarás de ella. Hazte a la idea, aunque ahora te parezca algo insufrible, de que nunca la olvidarás por completo. Míralo de este modo: esto te coloca por encima de las especies irracionales.

Memoria. ¡Cuán dolorosa puede llegar a ser!

Por cierto, ahora mismo, todo lo que he dicho hasta ahora y cualquier cosa que diga en adelante te parecerá una auténtica mierda. Pero léetelo, anda, léelo un par de veces, a ver si te quedas con algo.

Te refugias en tu condición de diferente, de “chico sensible” y quieres convertirte en un Mariano José de Larra de medio pelo, un Van Gogh del todo a cien, un miserable remedo de Evariste Galois. Incomprendido, romántico… imbécil.

¡Vete a la mierda, joder! Recuerda quién es tu público: tú. ¿Es ese el espectáculo que quieres ver o sólo el que quieres representar?

Reevalua tu visión del mundo. No te queda otra: es la única solución. El mundo es, ahora mismo, una puta mierda porque tú lo ves como una puta mierda. Y, sí, tu situación actual es jodida, no te lo niego.

Mira el lado positivo. Puedes tener la absoluta certeza de no ser el culpable de que las cosas hayan salido mal. Llámalo mala suerte, échale la culpa a ella o acepta las cosas, simplemente, como son. Nada que hubieses hecho habría cambiado este final. Aférrate a eso, al hecho de que no has metido la pata, de que no has hecho nada malo. Si ella no te podía aceptar como eres es su decisión, no la tuya, la que ha mandado todo al garete. Ahora dime quién debería sentirse mal.

Aférrate a todo. Ahora mismo, te hace falta. Aférrate al trabajo, aférrate a tu colección de discos, aférrate al lavabo y mójate la cabeza. Y duerme, haz todo lo que puedas por dormir lo suficiente: ni te imaginas hasta qué punto la falta de sueño puede influir en tu estado de ánimo.

Y, aunque ya lo haya dicho, lo repito: cambia tu visión del mundo, limpia el cristal con que lo miras. Al final, es lo único importante. El mito de la cueva de Platón nunca ha dejado de ser cierto: vivimos encadenados dentro de nuestros propios cuerpos y el mundo es para nosotros sólo lo que percibimos con nuestros sentidos e interpretamos con nuestro cerebro. No puedes cambiar lo que percibes, pero sí lo que interpretas. Y ese minúsculo pero terriblemente difícil cambio es la única manera que tienes de cambiar el mundo.

Intenta cambiar tu mundo a uno en el que merezca la pena vivir.

Archivado bajo:Desamor

2 Responses

  1. intentandopensar dice:

    Bueno, no soy ese amigo al que le escribes la carta, pero me ha venido genial leerla.

Leave a Reply